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“Que todas tengan el orgullo de hacerse valer por sí solas”

Nota de El Tribuno a: María Antonia Palma, propietaria del local gastronómico “Marita” de J.V. González

“Que todas tengan el orgullo de hacerse valer por sí solas”

Un pingüino, mesas de 8 platos, la salsa de apio, la hielera, el sifón y la puerta de cara a la ruta dicen de entrada que se trata de un comedor de antología.

No sólo es el ambiente rosado. Los muchachos camioneros, colectiveros y aventureros que se animan a surcar la ahuellada ruta nacional 16, le otorgan la magia especial que tiene ese local de Joaquín V. González.

Se trata de María Antonia Palma, propietaria del Comedor Marita. “Le puse Marita por mi hija, quien es la reina del local”, dijo María concluyendo un mediodía movido, casi a las 15.

Ella dijo que trabaja desde hace 40 años. No piensa que trabaja para una matrona desde los 14 años. Es decir que ella lleva trabajando al menos unos 60 años. Lo único constante que hizo en su vida es trabajar y trabajar.

Ni bien nació, la enviaron al puesto El Guayacán, cerca de Salta Forestal, a vivir con sus abuelitos Margarita y Bonifacio. Era por entonces una costumbre entre los matrimonios que realizaban trabajo de campo. Sus papás, Aurelio y Bartolina, trabajaban para la familia Palermo, muy respetados por la zona. Ellos tuvieron nueve hijos.

“Cuando ya era maltoncita (6-7 años) nos mudamos a González. Yo recuerdo que íbamos en un camión con las pocas cosas que teníamos, los chanchos, las chivas. Como mis papás eran empleados de los ricos, los mandaron a cuidar las casas y nos tuvimos que mudar. Siempre estuvieron sirviendo a los patrones”, dijo mientras su risa tapaba la nostalgia y las tristezas.

“Allí comencé a ir a la escuela. Iba retrasada, ya estaba grandota. Cuando terminé la primaria ya me dijeron que tenía que comenzar a trabajar también para los patrones. Y fue así que comencé en los campos de María Josefina Arce de Palermo”, contó. Arrancó clasificando poroto y siguió cultivando.

Esa tarea, durísima para una nena, siguió hasta ya pasados los 20 años cuando su patrona decide irse a vivir a Tucumán.

La opción fue ir a trabajar en el comedor Santa Cecilia donde aprendió todo sobre el oficio, desde servir mesas, ayudar en la cocina y finalmente cocinar. Trabajó allí hasta los 30. En ese tiempo tuvo a su hijo Arturo como madre soltera.

Allí conoció a otro hombre que la ayudaría hasta hace dos años. Se llamaba Luis Humberto Velarde, más conocido en todo González como “Titín”.

“Titín era un desgraciao, un hombre de la noche, pero fue mi compañero incondicional. Él era mozo y yo cocinera y nos juntamos. Yo nunca me casé y mi documento dice que soy soltera”, ríe. Con el hombre tuvo sus otros dos hijos, Luis y la bella Marita, quienes no quisieron dar su edad. Ese negocio en donde eran compañeros se fundió así que se fueron a buscar un futuro en otro lado. Lo encontraron sobre la ruta. Allí había un pequeño lugar que estaba alejado del pueblo. Lo alquilaron y comenzaron a remar su propio destino.

“Antes estaba lejos del pueblo, era tan chiquito y comenzamos trabajando para pagar el alquiler. De a poco y con mucho esfuerzo lo fuimos haciendo nuestro y seguimos en esa lucha que ya tiene 25 años de historia”, dijo María. La mujer hoy tiene 74 años y se mantiene en intenso movimiento. Se levanta a las 8.30 y no para hasta que cierra el local a las 1, o “hasta que se vaya el último”.

A las 9.30 comienzan los preparativos de los tres menús que siempre hay. Es la mejor comida de casa que hay en la ruta. Cocinan hasta el pan casero así que las preparaciones son minuciosas. El que llega a las 12 ya tiene un plato de comida asegurado; muchos piden primero la sopa “levantamuertos”. María sale a buscar cada ingrediente, cada verdura, cada condimento todos los días; sino hay proveedores que ya saben lo que ella quiere.

“Yo no me canso de trabajar. Y tengo que decir que tengo un equipo único. Con Gloria, Marita, Ester y Coco (Arturo) es un placer trabajar para servir a nuestros clientes. Comenzamos con un comedor alquilado y con Titín luego pudimos comprar el negocio y agrandarlo”, contó.

En su local comieron famosos y políticos. Desde Andrés Zottos, a Los Chalchaleros, el cantante de Rata Blanca, Ricky Maravilla, Los Coplanacu cantaron. Sirvieron a tres expresidentes. De Marita se lo llevaron a “Titín” para darles de comer a Carlos Menem, Raúl Alfonsín y Antonio de la Rúa. En agosto se cumplirán dos años del fallecimiento de su compañero.

Hoy con dos nietas sigue firme en el negocio, con la sonrisa perenne y las manos secándose en el delantal.

“En esta semana especial yo les quiero decir a todas las mujeres que todas tengan el orgullo de hacerse valer por sí solas. Que todo trabajo depende de una misma y por lo tanto la vida depende de cada una. No hay que achicarse al trabajo. Yo trabajo por la fuerza de Dios, de mis hijos y mis nietas.

Y no voy a parar nunca”, dijo la mujer.

Una historia policial que muy pocos conocen

Su hija Marita atacó a zapatillazos a un ladrón hace unos dos años.

Uno no puede dejar de escribir sobre la hija.

Ella es la alegría del negocio, lo que le da otro gusto a todo lo que sirve, muchachera, dicharachera y siempre dispuesta a la broma rápida, picante, pero respetuosa al pasar de mesa en mesa.

Quizás muy poco lo sepan pero tiene una historia que salió publicada en sección Policiales de casi todos los diarios del norte argentino.

Un viernes de hace dos años, a la 5 de la madrugada, un joven desconocido en un total estado de ebriedad, intentó ingresar a robar por una puerta lateral del “Comedor Marita”.

Debe haber estado muy ebrio porque no sabía a dónde se metía.

Los partes policiales hablan de María de los Ángeles Velárdez, que todos saben que se trata de Marita, que por entonces tenía 26 añitos, hija de la propietaria, como la mujer justiciera de JV.

Nuestra heroína se encontraba durmiendo en habitación contigua a la entrada cuando sintió el ruido, salió y vio al malviviente.

Como pudo alcanzó a agarrar una zapatilla calibre 38 recién lavada que se encontraba sobre una mesa y con eso le hizo tronar el escarmiento.

“Al estar el caco en cuclillas, la mujer se abalanzó, los sorprendió y entró a propinarle de manera continua y desesperada una seguidilla de golpes que ahuyentaron al malviviente”, dijeron las crónicas policiales anteñas del portal Zona Sur.

Según el relato de Marita había otros dos jóvenes en la vereda sobre la calle Córdoba, haciendo de “campana” que también huyeron al grito hiriente del delincuente que venía siendo perseguido por la joven con la zapatilla aún en la mano.

Rol destacable le dieron a la Policía que acudió inmediatamente al lugar y pudo detener a los malvivientes cuando emprendían la fuga tras la ráfaga descontrolada de zapatillazos.

“Sí, es verdad. Le di para que tenga, así no le dan ganas de volver”, dijo Marita en exclusiva para El Tribuno.

Fuente: El Tribuno de Salta

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